Es increíble cómo uno se acuerda de detalles puntuales de la infancia. De olores, de sabores, de episodios. Muchas veces hace falta encontrar un ayudamemoria: una foto o cualquier cachivache guardado y reencontrado que tiene un valor inestimable y precio inexistente. Así es como, por ejemplo, me acuerdo el olor que había en la casa de mi abuela. Una mezcla rara de humo de cigarrillo, casa vieja, naftalina y los sabores que cocinaba mi abuela “Cuca” los domingos en esa casa del pasaje Arenales. Así me pasa con algunos episodios que la memoria va contando un poco como ella quiere recordar.

Así es como me acuerdo el día en que me enamoré del fútbol. Tenía seis años y estaba en uno de los patios de la escuela Raúl Colombres. Era el clásico partido de fútbol con esa pelota de goma que salía un par de monedas pero que para un chico en el 97 era equivalente a diez sueldos. Mis amigos me mandaban al lado del improvisado arquero del equipo con la única misión de patear la pelota a donde sea. Evidentemente no había ninguna fe mis intervenciones con la “pulpo”. No había elemento que me permitiera entender qué debía hacer en cada situación. De pronto, la pelota llegó a mis pies. A toda velocidad llegaba el delantero contrario a robar el balón y marcar el gol. No sé qué me pasó. Fue como un aura. La mente se puso en blanco. Automáticamente pisé la pelota hacia mi derecha. El contrario pasó como colectivo lleno. Reventé la pelota hacia donde se ubicaba Alexis, el mejor amigo de mi infancia pese a ser de River y de San Martín. Él recibió el cascotazo con maestría. Como el desesperado que siempre fui, me largué a la carrera para recibir la descarga justo antes del timbre. Pase atrás y gol. Todos atónitos. Ahí se me acercó el mismo Alexis y me dijo: “al fin te picó el bichito del fútbol”. A lo mejor no fue gol, pero mi memoria quiso que así recuerde ese momento. A lo mejor es como dijo Héctor Tizón, que todo lo digno de ser contado es porque ha ocurrido o porque a uno le hubiera gustado mucho que ocurriese. A partir de allí se formó el energúmeno que soy con el fútbol, así como mi patética carrera como futbolista amateur. A partir de allí me convertí en ese idiota que se alegra y se deprime con algo tan simple y tan hermoso como un partido de fútbol.